Ministremos con poder | JESUS ES EL REY DE REYES

jueves, 5 de noviembre de 2009

Ministremos con poder

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Job 1:1 Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job; y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal.

Ministremos con eficaciaEs necesario que todo aquel que ministra en la alabanza siga este ejemplo. Hay que ser rectos, hay que temer a Dios. Hay que apartarse del mal. Es claro que cuando se trata de músicos sin temor de Dios y que no se apartan del mal, su trabajo es en vano. Estos, que no han nacido de nuevo, ni aún tienen cabida en el ministerio.

Mas ocurre, según lo he visto, que en nuestros grupos de alabanza hay adoradores que, habiéndose apartado del mal, se acostumbran a ver y a tener tanto de lo bueno de Dios que llegan a hacer de su servicio una rutina, una costumbre. Es entonces cuando dejan de buscar a Dios con pasión.

Un día, sin embargo, Dios puede tomar las vidas de estos y sacarlas del tedio. Y, a su manera, llevarlas a nuevas alturas con Él. El caso de Job ejemplifica esto: aún cuando era un varón temeroso de Dios, no alcanzó un mayor entendimiento sobre la magnificencia del Señor sino hasta que fue pasado por el fuego de la prueba. Y fue cuando expresó:

Job 42: 2-6 Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.

La frase clave aquí es “yo conozco”, o es hasta ahora que conozco”. Se tradujo de una expresión hebrea que se refiere a observación, cuidado, reconocimiento, a volver al entendimiento sobre el sentido de la vida.

Muchos de los que ministran en la alabanza, tanto directores como músicos y cantores, se han olvidado de profundizar en su conocimiento de Dios. Y así, sin más hambre de Él, se aprestan a ministrar con un conocimiento limitado, basado en lo que otros les dijeron, o en lo que vieron y oyeron en otros ministerios. Algunos incluso han puesto sus ojos en otros ministros, los admiran y aún anhelan la santidad o los frutos que estos dan. Quieren alcanzar lo que otros han alcanzado, sí; pero no están dispuestos a pasar por el horno de la aflicción que afina el carácter, que nos hace sensibles a la voz del Dios al cual servimos.

Después de las pruebas, Job pudo decir “yo conozco”. Y aún pudo reconocer que, antes de aquel tiempo de dificultad, él “hablaba lo que no entendía”. De este ejemplo tenemos mucho por aprender. Tú, que ministras con la música al Señor, asegúrate de conocerle profundamente, de que tu conocimiento de Él sea mayor cada vez, que no esté basado en lo que te han contado o en lo que ves en otros. No sólo basta con que no ministres por salario, sino que debes evitar hacerlo por cualquier motivación que no sea rendirle homenaje al Único que es digno de alabar. Y sólo se puede alabar sinceramente a Aquel a quien uno realmente conoce.

Ciertamente es penoso que muchos músicos cristianos, hoy por hoy, ministran por precio o, todavía peor, se han entregado al pecado, practicando cosas que aún ni se nombran entre los gentiles, cosas indignas ya no digamos de un ministro sino aún de cualquiera que se dice cristiano. Difícilmente se podría decir de ellos que alguna vez hayan ministrado al Señor. Se duda aún que los tales siquiera sean salvos. Pero también son muchos los que, aún como cristianos verdaderos, llegan a descuidarse y a vivir su servicio sin pasión por el Señor. Y así, no glorifican a Dios, sino que utilizan el ministerio para alcanzar sus propios fines. Es entonces cuando su servicio se vuelve una pesada rutina que se vive con desgano, y llegan a ministrar a Dios sin deseo, sin preparación espiritual. Y aún se puede tratar de buenos músicos, pero bastante atrasados en lo que se refiere a conocer al Señor. Yo los he visto: incluso dicen desde el púlpito cosas imprecisas, si no es que absurdas, falsas o hasta heréticas y ni siquiera se dan cuenta. Porque no lo conocen.

En la siguiente porción de la Biblia encontramos dos cosas de capital importancia en cuanto a nuestro servicio a Dios en la alabanza.

Rom 1:21 Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.

Estos a los que se refiere el apóstol Pablo, según se ve, no persistieron en ampliar su conocimiento de Dios y, en cambio, no le glorificaron como a Dios ni tampoco le agradecieron cosa alguna. Cuando realmente se glorifica al Señor como a Dios, por un lado, el adorador no se queda con nada de la gloria que sólo le pertenece a Él, y por otro, su servicio a Él queda centrado en la gracia de Dios, lo que da por resultado un corazón agradecido.

Músicos de Dios, hagan suya esta regla: nuestro trabajo es conocer, glorificar y agradecer al Señor. Si en nuestro ministerio dejamos de hacer estas cosas, llegará el momento en que actitudes como la amargura, la frustración o la envidia nos conducirán a ministrar sin eficacia alguna, esto es, sin poder o energía para conseguir resultados, en este caso llevar a las personas a la presencia de Dios en un cántico que realmente sea agradable para Él.

Job, como vemos, fue probado y salió vencedor. Nosotros por nuestra parte, aún cuando podamos manifestar mucho fervor religioso, es posible que no tengamos una vida espiritual muy profunda. Mas la prueba vendrá, y con ella la oportunidad de conocer más profundamente al Señor. ¿Obtendrás tú, como Job, esa victoria?

Pregúntate sinceramente: ¿conozco a Dios? ¿Lo conozco tanto como para estar frente a la congregación de sus santos, dirigiéndolos a Su presencia, ministrando? Respóndete sinceramente.

Es mi deseo que ministres a Dios no sólo porque sabes tocar o porque sabes cantar, sino porque le has conocido, porque has pasado tiempos maravillosos con Él en lo privado. Que tu alabanza en público sea resultado de tu comunión íntima con Él.

Sal 25:14 La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto.

Esta comunión íntima se traduce como una comunicación privada, confidencial, en lo secreto, en la que se dan a conocer cosas importantes. En este caso lo que el Señor nos da a conocer es su propia persona, su naturaleza, sus promesas, su vida misma. Si tienes esta clase de comunión, entonces le glorificarás tal como Job lo hace cuando afirma “mas ahora mis ojos te ven”.

No te permitas ministrar desde la ignorancia. Prepárate en los dones pero, por encima de todo, no pierdas el enfoque de tu servicio. Se trata del Señor. Conócelo, aliméntate de Su Palabra. Sólo entonces serás eficaz en lo que hagas con Dios. Sólo entonces, con base en tu experiencia y en tu caminar con Él, tu vida tendrá un verdadero crecimiento espiritual. Y entonces, también, tendrás para Él una adoración eficaz y genuina. Una adoración poderosa.

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